Gerardo Pulido inaugura exposicion , Ganador @becaama 2008

viernes 28 de octubre de 2011 a las 20:00 hrs. la exposición individual

La cual estará abierta al público hasta el sábado 26 de noviembre de 2011.
Martes a viernes de 15:00 a 19:00 hrs.
Sábado de 11:00 a 14:00 hrs.
Av. José Manuel Infante 1208, Providencia, Santiago, Chile.
(56-2) 269 0401 – info@dieecke.cl
www.dieecke.cl

Siete pinturas para Lord Willow es la primera exposición individual del artista Gerardo Pulido en galería Die Ecke. Esta muestra reúne un grupo de trabajos recientes, ejecutados entre 2010 y 2011, cuya materialidad en común es la pintura. Por su parte, los soportes varían: cinco obras han sido ejecutadas sobre papel y dos sobre objetos.

La exposición se dedica a Lord Willow, personaje dudosamente nobiliar: un pirata inglés que, según el decir popular, se radicó durante años en las costas chilenas tras naufragar en 1565. Presuntamente, se asentó en la zona de Los Vilos, nombre –según cuentan-derivado de la asimiliación autóctona (fonética) de Lord Willow.

Parte de lo que subyace en tal relato lo invoca Pulido con su práctica de la pintura, en cuanto al traspaso de lo foráneo y extraño (el soporte es análogo a una localidad) y la consiguiente deformación (un modelo en arte es un modelo cultural). Se establecen paralelos, asimismo, con un estatus simulado o derechamente falso, con la verosimilitud y su carencia. Todo esto vincula no solo la pintura con una “anécdota cultural” sino, finalmente, el arte con el contexto que lo propicia.

El escritor Fernando Pérez Villalón (Santiago, 1975) señala sobre la exposición:

“Tal vez el gesto más característico de estas ‘Siete pinturas para Lord Willow’, de Gerardo Pulido, es la tensión entre el material sobre el que se pinta (pliegos de papel de diversos colores y texturas pero idéntica medida, una piedra, un tubo de pvc), los materiales con los que se pinta (óleo, acrílico, esmalte -spray- y maquillaje) y lo que se representa por medio de esos materiales (diversos tipos de madera y mármol), tensión que produce en el espectador un efecto de choque y desconcierto, exigiéndole ensayar diversos modos de mirar estas pinturas, de entrar en sus ritmos y tonos. Esta dinámica ha estado presente en toda la obra de Pulido, en sus fotografías de artefactos y muebles modelados en miga de pan y dispuestos como decorado de habitaciones de diversas clases sociales, en sus chorreos de pintura dorada, en sus escudos de armas pintados en muros con esa misma pintura dorada, pero en este caso me parece especialmente compleja y polivalente.

La serie de pinturas cita la tradición de los trompe l’oeil, pero también a los collages y cuadros cubistas en los que frecuentemente figuraban trozos de imitación de madera pintada o pegada (y con ellos a la puesta en cuestión de la pintura como representación ilusoria del mundo visible). Pensando en la historia del arte más reciente, se podría decir que los trompe l’oeil que tan en boga estuvieron en los siglos XVII y XVIII anuncian la tendencia a explorar la planitud del cuadro que, según algunos críticos, está al centro del conjunto de procedimientos mediante los cuales la pintura moderna se abocó a los métodos específicos de su disciplina. En este relato (sumamente criticado y criticable) de la evolución del arte moderno, habría sido el descubrimiento de ‘la planitud ineluctable de la superficie del cuadro’ como ‘cualidad única y exclusiva del arte pictórico’ lo que motivó el abandono por parte de los pintores de la representación de objetos reconocibles (Greenberg). Es fascinante el modo en que las pinturas de Pulido se hacen cargo de esa historia (sus cuadros son completamente planos, e incluso cuando pinta sobre objetos se los adosa al muro como para evitar que se vuelvan esculturas) y al mismo tiempo recuperan la capacidad ilusionística en su nivel más asumidamente artesanal, tan vapuleado por la historia relativamente reciente de las artes visuales en Chile, que se han construido en alguna medida por un rechazo dogmático o una perpleja problematización de la imagen del pintor, pincel en mano, ante su caballete.

Otra tradición a la que remiten estas pinturas es a la de la simulación de mármol en los muros de las iglesias de nuestro país, capitanía general en la que no había recursos para recubrir los muros con mármol auténtico, y en los que la madera con la que se construían las iglesias era maquillada para aparentar un material más noble, como lo es hoy en día el plástico de diversos tipos con que se recubren nuestros muebles de cocina o el piso de nuestros baños. Maquillaje, simulacro, arribismo social, falsa elegancia, engaño colorido, son todos términos con los que estas pinturas de Pulido juegan, y son todos términos que él asume como componentes de su propia praxis de pintor, con cuidadosa lucidez no desprovista de sentido del humor”.